Diego me miró.
—¿Qué significa eso?
No respondí.
Solo giré, caminé hacia la cocina, dejando atrás el murmullo creciente.
Pero dentro de mí, algo ya estaba en marcha.
Algo que llevaba años formándose.
Y esta vez…
no pensaba detenerlo.
La puerta de la cocina se cerró detrás de mí con un golpe seco que, por primera vez en cinco años, no me hizo encoger los hombros. Afuera, las voces empezaron a subir de tono, primero en murmullos, luego en preguntas incómodas, en ese tipo de ruido que aparece cuando alguien dice algo que no encaja con el guion.
Apoyé las manos en el borde del fregadero. El agua seguía goteando. Abrí la llave y déjé que corriera, como si el sonido pudiera limpiar lo que acababa de pasar.
Pero no.
El olor seguía ahí.
El calor pegado a la piel.
Y la risa… todavía resonando.
Cerré los ojos un segundo.
Cinco años.
Cinco años tragándome todo.
Y aún así… cuando levantó la mirada en el reflejo opaco del vidrio, no vi a la mujer que llegó a esta casa. Esa ya no estaba. La que estaba ahí… ya no tenía miedo.
Escuché pasos.
Diego.
—Lucía —dijo, entrando—. ¿Qué fue eso?
No me giré.
— ¿Qué parte? —respondí—. ¿La sopa… o los cinco años?
Se quedó en silencio.
—No era para tanto —murmuró—. Camila exageró, sí, pero tú también—
Giré.
—¿Yo también qué?
No supo responder de inmediato.
—Estás creando un problema donde no lo hay.
Solté una risa baja.
—Claro. Porque que me humillen frente a todos… no es problema.
—No te humillaron—
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