Lo miré.
Directo.
Y se detuvo.
Porque en mis ojos ya no había esa cosa que él conocía.
Esa que cedía.
—Sabes ¿qué es lo peor? —dije, más tranquila de lo que me sentía—. Que ni siquiera te diste cuenta.
Diego frunció el fruncido.
—Lucía, estás exagerando—
—No —lo interrumpí—. Estoy despertando.
El silencio cayó entre nosotros.
Pesado.
Incómodo.
Afuera, la voz de Camila se alzó, molesta.
— ¿Dónde se metió? ¡Ni siquiera sabe aceptar una broma!
Respiré hondo.
—Mañana —dije—. Mañana hablamos.
—¿De qué?
Lo miré por última vez.
—De dinero. De propiedad. De todo.
Y salí de la cocina sin esperar respuesta.
—
Esa noche, nadie volvió a tocar el tema en voz alta. Pero lo sentí. En las miradas. En los silencios largos. En la forma en que Camila evitaba cruzarse conmigo, no por miedo… sino por desprecio.
Como si yo ya no valiera ni para burlarse.
Me encerré en el cuarto.
Mi cuarto.
El que tantas veces tuve que ceder.
Saqué una caja vieja del fondo del armario.
Polvo.
Recuerdos.
Y dentro… papeles.
Los extendí sobre la cama.
Transferencias.
Mensajes.
Audios guardados.
Todo lo que alguna vez pensé que no necesitaría.
Porque confiaba.
Qué ingenua fui.
Tomé el teléfono.
Busqué un contacto que no usaba desde hacía años.
Un nombre simple.
“Lic. Ramírez”.
Dudé un segundo.
Solo uno.
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