—¿Lo hiciste a propósito? —preguntó.
Parpadée.
—¿Qué?
Mi suegra intervino, pero no para defenderme.
—Camila, no hagas escándalo… seguro no lo hizo con mala intención.
Pero su mirada me acusaba.
Camila soltó una risa corta.
—Claro que sí. Siempre le he caído mal.
Luego me miré directo.
—No te confundas, Lucía. Que hayas puesto algo de dinero no te hace importante.
Sentí un tirón en el pecho.
—Ese dinero— empecé.
—¿Dinero? —me interrumpió—. Lo que tú diste no es nada. Yo gano más que eso en un mes.
Y ahí.
Justo ahí.
Algo se rompió definitivamente.
Levanté la mirada.
Ya no temblaba.
—Entonces devuélvemelo —dije.
Silencio.
Pesado.
Denso.
Toda la mesa se congeló.
Camila me sostuvo la mirada. Sus labios se curvaron lentamente.
—¿Perdón?
—Los doscientos mil pesos —repetí—. ¿Cuándo me los vas a pagar?
Mi suegra dejó escapar un suspiro molesto.
—Lucía, no es momento—
—Claro que es momento —respondí, sin mirarla—. Llevo cinco años esperando.
Diego se siente incómodo en su silla.
—No hay armas problemas por esto…
— ¿Problemas? —lo miré por primera vez—. ¿Pedir lo que es mío es un problema?
Camila se inclinó hacia adelante.
—Te estás viendo muy mal.
—Peor me veo ahora —respondí, señalando mi cabello empapado de caldo.
Una pausa.
Sus ojos se resistieron.
Y entonces lo hizo.
Tomó el plato de sopa que tenía al lado.
Y lo volcó sobre mí.
Directo.
Sin dudar.
El líquido caliente me toca como una bofetada.
Y la mesa… estalló en risas.
Regresé al presente.
Ahí estaba yo.
Empapada.
Grabada.
Humillada.
Pero ya no callada.
Bajé la mano lentamente.
Miré a Camila.
Y sonreí.
No una sonrisa grande.
No amable.
Una pequeña.
Tranquila.
Que no encajaba con la escena.
Ella frunció el fruncido.
—¿Qué te pasa?
Incline ligeramente la cabeza.
—Nada —dije en voz baja—. Solo estaba pensando…
Tomé una servilleta. Me limpié el rostro con calma.
Luego levantó la mirada, fija en ella.
—…que ojalá hayas disfrutado tu cumpleaños.
Una pausa.
—Porque mañana… puede que ya no tengas nada que celebrar.
La risa en la mesa se fue apagando poco a poco.
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