La mañana siguiente no comenzó con café ni con pan dulce. Comenzó con Beatriz entrando a la casa de don Arturo usando una llave antigua que nadie le había dado permiso de conservar.
Raúl venía detrás con una carpeta, un médico particular y 2 testigos que parecían más interesados en el patio que en la salud del anciano. Don Arturo estaba en la sala, con su camisa azul claro y la libreta de ahorro sobre la mesa.
Mateo llegó 8 minutos después, todavía con el cabello húmedo, porque Lucía lo había llamado apenas vio el mensaje.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó él.
Beatriz sonrió como si hubiera ensayado frente al espejo.
—Lo que tú no hiciste en años. Cuidar a tu abuelo.
—Cuidarlo no significa invadir su casa.
Raúl dejó la carpeta sobre la mesa.
—El doctor va a confirmar que mi tío ya no está en condiciones de manejar su dinero. Después firmaremos el poder y evitaremos que esa mujer siga aprovechándose.
Lucía estaba junto a don Arturo, sin tocarlo, sin hablar, pero sin apartarse.
Beatriz la miró con desprecio.
—Tú sí tienes descaro. Una vendedora de libritos creyéndose familia.
Don Arturo levantó la voz, débil pero clara.
—Lucía es más familia que ustedes.
Beatriz se puso pálida de rabia.
—No digas tonterías.
—Las tonterías fueron dejarlos entrar tantas veces.
Mateo se quedó mirando a su abuelo. Era la primera vez que lo escuchaba enfrentar a Beatriz sin disculparse.
El médico intentó intervenir.
—Don Arturo, vamos a hacerle unas preguntas sencillas.
—Adelante —dijo el anciano—. Pero primero quiero hacer una yo.
Todos callaron.
Don Arturo abrió la libreta de ahorro y sacó una copia doblada.
—¿Por qué esta cuenta tuvo 3 cargos no autorizados a nombre de Raúl hace 2 meses?
Raúl perdió la sonrisa.
—Eso fue un préstamo familiar.
—Yo no presté nada.
Beatriz apretó la mandíbula.
—Tío, no hagas una escena.
—La escena la hicieron ustedes cuando intentaron vender la casa donde Elena plantó sus rosas.
Mateo tomó la hoja. Eran movimientos pequeños al principio: 4,000 pesos, 7,500 pesos, 12,000 pesos. Después venía una transferencia rechazada por 250,000 pesos. La ejecutiva del banco había bloqueado el movimiento por sospecha y por eso le había pedido a don Arturo que no acudiera solo.
Lucía entendió entonces la parte que faltaba. Don Arturo no había pedido una nieta por capricho. Tenía miedo de que el banco lo viera como un viejo indefenso, un hombre sin testigos, una firma fácil.
—¿Por eso me pidió fingir? —susurró ella.
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