A Rodrigo lo esposaron a las 6:12 de la tarde en el estacionamiento de su edificio, frente a vecinos que grababan con el celular como si aquello fuera una escena de telenovela barata.
Esa misma noche, un portal local publicó su foto con un encabezado venenoso: “Empresario tapatío vacía negocio familiar y deja a empleados en riesgo.” Nadie mencionó que acababa de nacer su hija. Nadie mencionó que su madre había golpeado a su esposa recién operada. Nadie preguntó por qué la denuncia apareció justo después de que él descubrió documentos escondidos.
Beatriz había llegado primero a la prensa, como siempre llegaba primero a todo: con dinero, contactos y una versión lista para tragarse sin masticar.
Mariana salió del hospital dos días después. Se mudó con su mamá a una casa pequeña en Tlaquepaque, llevando a Lucía envuelta en una cobija amarilla y a Sofía, su hija de seis años, tomada de la mano.
Cuando Sofía vio a su hermanita, sonrió, pero enseguida preguntó:
“¿Mi abuela Beatriz ya no nos quiere porque no somos niños?”
Mariana se quedó inmóvil.
“¿Quién te dijo eso?”
“Ella fue a mi escuela. Me quería llevar por un helado. Dijo que tú estabas enferma y que papá estaba en problemas.”
La sangre de Mariana se volvió hielo.
“¿Te fuiste con ella?”
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