PARTE 2
Los agentes de la Fiscalía llegaron al hospital antes de que Mariana pudiera alimentar a Lucía por segunda vez.
Eran dos. Trajes oscuros, carpetas bajo el brazo, voces amables de esas que no prometen nada bueno. Pidieron hablar con Rodrigo Rivas por la desaparición de 138 millones de pesos de la cuenta principal del Talleres Rivas, una empresa conocida en Guadalajara por reparar flotillas de transporte, camiones de carga y patrullas municipales.
“Su madre declaró que usted era el único con acceso completo a la banca empresarial”, dijo uno de los agentes.
Rodrigo apretó la mandíbula.
“Mi madre llevaba la contabilidad diaria. Todos esos movimientos salieron de su oficina.”
“Eso tendrá que explicarlo mañana ante el Ministerio Público.”
No lo esposaron en el hospital, pero dejaron una advertencia clara: no podía salir de la ciudad.
Esa noche llegó al cuarto una abogada penalista recomendada por un socio antiguo de don Ernesto. Se llamaba Teresa Salgado, tenía cabello corto, mirada de bisturí y una carpeta llena de notas.
“Lo primero es no hablar con Beatriz ni con Julio”, dijo. “Lo segundo es asegurar todo lo que todavía no hayan podido destruir.”
Al revisar los documentos, Teresa encontró que Grupo Ápex del Bajío había sido creado ocho meses antes, con Julio Rivas como administrador único. No tenía oficinas reales, empleados ni operación. Solo recibía dinero.
Entonces Julio llamó.
Rodrigo dejó sonar el celular.
Segundos después llegó un mensaje:
“Ven solo, sin abogada. Si hablas, tu papá pierde la casa.”
A la mañana siguiente, don Ernesto apareció en el hospital con la camisa arrugada, ojeras hundidas y una bolsa de plástico en la mano. Beatriz había cambiado las chapas de la residencia donde ambos vivieron cuarenta años.
Mariana, todavía débil, le preguntó:
“Don Ernesto, ¿firmó algo últimamente?”
Él se sentó despacio.
“Beatriz me llevaba papeles. Me decía que eran renovaciones de crédito, cosas normales del taller. Yo firmaba donde me ponía la pestañita amarilla.”
Al sacar un pañuelo de su saco, se le cayó una memoria USB metálica.
“Esto lo encontré debajo del archivero grande de la oficina”, explicó. “No sé qué tenga.”
Mariana la conectó a su laptop.
Lo que apareció en pantalla les heló el cuerpo: contratos de préstamo, correos internos, pagarés y escrituras usadas como garantía. Una financiera privada había prestado 370 millones de pesos usando la casa familiar, el terreno comercial y el edificio del taller como respaldo.
El dinero entró a la cuenta principal un lunes.
El martes salió completo hacia Grupo Ápex.
En un correo, Beatriz escribió:
“Rodrigo no puede heredar. Si nace otro hijo, Ernesto jamás aceptará quitarle todo.”
Julio respondió:
“¿Y si vuelve a nacer niña?”
Beatriz contestó:
“Mejor. Será más fácil convencerlo de que la familia necesita un varón.”
Mariana sintió náuseas. Beatriz no odiaba a Lucía solamente por ser niña. La usaba como pretexto para mover una maquinaria de fraude que llevaba meses encendida.
La puerta se abrió de golpe.
Ximena entró llorando.
“Sabía que iban a encontrar esa memoria.”
Rodrigo se levantó.
“¿Qué sabes?”
Ximena confesó que Beatriz le había ofrecido un departamento en Zapopan si declaraba que vio a Rodrigo haciendo transferencias ilegales. También dijo que un notario público de confianza, un gerente bancario y un comandante de la zona estaban ayudando a su madre.
“Yo acepté al principio”, sollozó. “Tenía miedo. Pero cuando le pegó a Mariana y llamó inútil a la bebé, entendí que nunca iba a detenerse.”
Sacó su celular y entregó una grabación donde Beatriz hablaba de sembrar pruebas.
Entonces entró una llamada de Rodrigo desde su departamento.
“Están cateando mi casa”, dijo, sin aire. “Dicen que Julio reportó dinero escondido.”
Ximena se puso blanca.
“Mi mamá tiene llave maestra.”
Mariana tomó el teléfono.
“Diles que revisen el clóset de entrada y la bodega. Que graben todo.”
Hubo silencio. Luego voces. Pasos. Un agente gritó algo al fondo.
Minutos después, Rodrigo habló con la voz quebrada:
“Encontraron una mochila negra con 27 millones de pesos, libros contables y folders con mis huellas viejas.”
Mariana cerró los ojos.
“No la toques, Rodrigo. No digas nada sin Teresa.”
Pero ya era tarde.
“Me están deteniendo.”
La llamada se cortó.
Beatriz había armado una denuncia, sembrado efectivo, movido contactos, comprado testigos y convertido a su propio hijo en el rostro público del fraude.
Solo había cometido un error.
No sabía que don Ernesto tenía la memoria USB, ni que Ximena estaba lista para destruirla desde adentro.
PARTE 3
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