Mariana y Valeria lo leyeron en la oficina de Valeria, en la colonia Del Valle.
Alejandro Montes y Camila Robles llevaban aproximadamente 18 meses viéndose.
Habían viajado juntos al menos 8 veces.
Varias reservas se habían pagado con una tarjeta corporativa de Alejandro.
En 6 hoteles se habían aplicado beneficios de la familia Ibarra.
Ascensos de habitación.
Accesos privados.
Traslados preferenciales.
Mariana no solo había sido engañada.
Había sido usada como fachada.
Valeria leyó una página y apretó la mandíbula.
—Esto ya no es solo un asunto matrimonial. Hay uso indebido de beneficios empresariales. Si Alejandro entró invitadas bajo pretextos falsos con la cuenta de tu familia, se puede abrir revisión formal.
—Hazlo.
Valeria la miró.
—¿Estás segura?
Mariana vio el nombre de Camila repetido en los registros.
—Sí.
Al día siguiente, Mariana fue al aeropuerto.
La terminal estaba llena de abrazos, prisas, llantos, turistas perdidos y familias cargando maletas enormes. El mismo lugar donde ella había descubierto que su vida tenía una grieta invisible.
Se reunió con Patricia Roldán, coordinadora de servicios VIP, una mujer de cabello canoso, traje impecable y ojos acostumbrados a escuchar problemas sin convertirlos en espectáculo.
—Hubo uso indebido de un acceso secundario —dijo Mariana, poniendo los documentos sobre el escritorio—. Necesito suspender a Alejandro Montes mientras se revisa formalmente.
Patricia leyó lo suficiente.
Su expresión cambió.
—Por supuesto, señora Ibarra.
Tardaron 25 minutos.
El acceso de Alejandro quedó suspendido.
Se abrió revisión interna.
Se solicitaron registros completos.
Cuando Mariana salió, se detuvo frente al corredor VIP.
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