Ahí había estado con flores.
Ahí lo había visto besar a otra.
Ahí había dejado de ser la esposa que esperaba explicaciones.
Ahora era la mujer que juntaba pruebas.
Alejandro regresaba el jueves.
El miércoles por la tarde, Mariana y Valeria organizaron la confrontación.
—No en tu casa —dijo Valeria—. Ahí se siente fuerte. Los mentirosos actúan mejor en habitaciones conocidas.
—Aquí, entonces.
—Aquí.
Decidieron el orden.
Accesos primero.
Vuelos después.
Hoteles.
Recibos.
Fotos.
—Registros antes que lágrimas —dijo Valeria—. No vas a abrir como esposa herida. Vas a abrir como titular de una cuenta familiar utilizada sin autorización.
Mariana respiró hondo.
Había otra persona que debía estar presente.
Joaquín Salcedo.
Socio mayor de la firma donde trabajaba Alejandro. Semi retirado, respetado, miembro del comité del convenio turístico con la familia Ibarra. Había brindado en su boda. Había recomendado a Alejandro en círculos donde la reputación valía más que cualquier contrato.
—Joaquín debe verlo —dijo Mariana—. Alejandro usó mi apellido y ese mundo profesional para cubrir su mentira.
Valeria asintió.
Mariana lo llamó desde el estacionamiento.
—Mariana, qué gusto. ¿Cómo está tu papá?
—Mejor, gracias. Joaquín, necesito pedirte algo directamente. Como asunto profesional, antes de que se vuelva personal.
El silencio fue inmediato.
—Te escucho.
—Tengo documentación sobre el uso del acceso VIP de Alejandro ligado a la cuenta Ibarra. Creo que debes verla como miembro del comité.
Otra pausa.
—¿Cuándo?
—Mañana. 5 de la tarde. Oficina de Valeria.
—Ahí estaré.
Luego bajó la voz.
—¿Estás bien?
Mariana miró el volante.
—Voy a estarlo.
Esa noche, Alejandro llamó.
Sonaba cariñoso, cansado, perfecto.
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