“No quiero hacerte daño”, dijo con voz falsa. “Dame mi parte del departamento y firmo el divorcio hoy.”
El espectáculo estaba diseñado para asustarla. Años antes, Mariana habría intentado calmar a todos. Esa mañana pidió al guardia que cerrara la puerta, encendiera las cámaras y llamara a la policía.
“Repitan eso frente a las cámaras”, dijo ella. “Y expliquen por qué Sergio mantiene a una mujer embarazada con dinero de mi empresa.”
Mostró en su celular la foto de Paola, los depósitos, las facturas falsas y el contrato de la camioneta.
Doña Elvira dejó de llorar.
Sergio intentó quitarle el teléfono, pero dos empleados se interpusieron.
“¡Eso lo obtuvo ilegalmente!”, gritó.
“Eso lo revisarán los abogados. Hoy están invadiendo propiedad privada y difamándome frente a testigos.”
Cuando escucharon las patrullas, salieron corriendo. Pero Mariana entendió algo: no iban a detenerse por vergüenza. Solo se detendrían cuando perderla dejara de ser negocio.
La licenciada Robles armó el caso con calma.
El departamento no era de los dos. Los padres de Mariana habían transferido el dinero como donación exclusiva para ella, y Sergio había firmado ante notario que no tenía derechos sobre la propiedad. Además, el contador involucrado era Iván, primo de Sergio, empleado de una inmobiliaria.
Iván también había puesto dinero en el terreno de Tonalá, pero Sergio planeaba venderlo sin darle su parte. Cuando supo que podía terminar acusado por fraude y lavado de dinero, aceptó declarar.
Entregó contratos, recibos, conversaciones y un borrador del plan para hipotecar el departamento.
El engaño había empezado antes de la boda.
Doña Elvira escribió a Sergio cuando descubrieron que Mariana tenía un negocio rentable:
“Trátala como reina hasta que suelte el dinero. Después aprenderá quién manda.”
Mariana leyó ese mensaje en silencio. Le dolió más que Paola. Su matrimonio entero había sido una inversión para ellos.
En la primera audiencia de conciliación, Sergio llegó con traje oscuro y sonrisa fabricada. Doña Elvira llevaba un rosario entre los dedos. Pedían un millón de pesos y la mitad del departamento. Decían que, si no recibían eso, alargarían el divorcio durante años.
La abogada de Mariana puso tres carpetas sobre la mesa.
“El departamento es propiedad exclusiva de la señora Mariana Salcedo”, explicó. “El señor Sergio lo reconoció ante notario. Además, solicitamos la devolución de ochocientos mil pesos desviados para comprar un terreno a nombre de su madre, así como investigación por facturas falsas y uso indebido de recursos de la empresa.”
Sergio perdió el color.
“Ese dinero fue un regalo.”
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