Doña Elvira sabía todo. Visitaba a Paola, le llevaba vitaminas y le prometía que pronto vivirían en un departamento “de verdad”. En un audio, la mujer hablaba con total claridad.
“Cuando salga el préstamo, la corremos de su propia casa. Con ese dinero pagamos la camioneta, tus deudas y el enganche del departamento de Paola. Mariana no tiene carácter. Solo hay que asustarla.”
Pero había algo peor.
Tres años antes, Mariana le había dado a Sergio ochocientos mil pesos para abrir una agencia de publicidad. Seis meses después, él lloró diciendo que sus socios lo habían estafado.
Los documentos demostraban que la agencia nunca existió.
El dinero terminó en un terreno en Tonalá, registrado a nombre de doña Elvira.
De pronto, todo tuvo sentido: las enfermedades inventadas, los préstamos urgentes, las juntas nocturnas, los viajes “con clientes”, los recibos falsos cargados a la empresa de Mariana. Mientras ella trabajaba hasta la madrugada, ellos construían otra vida con su dinero.
El celular sonó.
Era Sergio.
“Devuélveme mi computadora”, exigió. “Si abriste algo, te voy a denunciar.”
Mariana activó la grabadora.
“¿Te preocupa la hipoteca de mi departamento?”, preguntó. “¿O los mensajes sobre el hijo que esperas con Paola?”
Del otro lado solo se escuchó su respiración.
“Mariana, puedo explicarlo.”
“Explícalo en el juzgado.”
Esa noche copió estados de cuenta, mensajes, audios, fotos, contratos y facturas en tres memorias USB. Al amanecer llamó a la licenciada Robles, una abogada especializada en divorcios y fraude patrimonial.
A las diez de la mañana, Sergio y doña Elvira aparecieron en el pasillo con cara de arrepentimiento. Cuando Mariana no abrió, empezaron las amenazas. Exigieron la mitad del departamento y un millón de pesos para firmar el divorcio.
Entonces llamó la abogada.
“Mariana, encontré algo en los papeles del terreno. Sergio no actuó solo. Hay un contador involucrado, y esto puede pasar de divorcio a carpeta de investigación.”
Mariana miró por la mirilla. Doña Elvira sonreía, convencida de que todavía podía destruirla.
Lo que no sabía era que el hombre que firmó con Sergio estaba a punto de traicionarlos.
PARTE 3
Tres días después, doña Elvira cumplió su amenaza.
Mariana llegó a su tienda principal en Zapopan y encontró empleados, clientas y curiosos reunidos en la entrada. En medio del local, su suegra estaba sentada en el piso, con una blusa vieja, el cabello despeinado y un pañuelo en la mano.
Sergio estaba junto a ella, con la cabeza baja, actuando como esposo abandonado.
“¡Miren lo que me hizo mi nuera!”, sollozaba doña Elvira. “Se hizo rica con el esfuerzo de mi hijo, consiguió amante y nos echó a la calle. Yo estoy enferma del corazón y ella me golpeó.”
Sergio levantó la vista al ver a Mariana.
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