“Entonces no te dejó nada.”
Salcedo continuó:
“Segundo: nombró a Mariana Robles directora del fideicomiso que financiará ese proyecto durante diez años.”
La risa de mi prima se apagó.
“¿Fideicomiso?”
“Tomás fue maestro de historia durante dieciséis años. También heredó propiedades de su abuelo Ernesto Beltrán y las vendió antes de enfermar. El dinero no es para lujos. Es para una promesa.”
Mi tía volvió a levantar el celular.
“¿Qué promesa?”
El licenciado me miró.
“Crear un lugar donde ningún joven en duelo tenga que sentirse una carga.”
Sentí que las piernas me fallaban.
Tomás no me había dejado una fortuna para presumir. Me había dejado una tarea. Una forma de continuar su ternura sin convertirla en estatua.
Verónica, sin embargo, no había terminado.
“Qué bonito discurso. Pero eso no prueba que ella no lo manipuló.”
Salcedo sacó otra hoja.
“También dejó una carta para la familia de Mariana, en caso de que intentaran acusarla.”
Mi tía Ofelia dejó de grabar.
“No tiene que leer eso.”
“Sí”, dije. “Léalo.”
El licenciado respiró hondo.
A quien haya llegado hasta aquí creyendo que Mariana me quitó algo:
Mariana me dio diez días sin miedo.
Yo le pedí matrimonio porque no quería morir con una firma vacía en una hoja de hospital. Ella me dijo que yo merecía más que lástima. Por eso la elegí.
Porque desde niña supo hacer lo más difícil: acompañar sin invadir, cuidar sin humillar, quedarse sin cobrar el alma.
Raúl se pasó una mano por la cara.
Verónica miraba al piso.
Pero Salcedo siguió.
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