Espero que nadie vuelva a empacar su vida sin pedirle permiso.
Mariana, 18 años.
Espero que se ría fuerte, aunque a otros les moleste.
Había una entrada por cada cumpleaños mío. Una cada año. Como si, en silencio, Tomás hubiera encendido una veladora privada por una niña desaparecida del barrio.
“¿Por qué hizo esto?”, pregunté.
“Porque usted hizo algo por él que olvidó”, respondió Salcedo.
La carta seguía.
Una tarde, un cliente me humilló frente al taller de mi abuelo Ernesto porque no pude explicarle que su bicicleta no estaba lista. Me trabé. Él me gritó. Yo pensé que todos iban a recordarme así para siempre.
Pero tú no me miraste como a un problema.
Te sentaste en la banqueta y empezaste a hablar de un gato callejero que, según tú, odiaba la leche y mordía agujetas.
Recordé de golpe.
Yo tenía doce años. Tomás, dieciséis. Lo encontré sentado junto al taller, con los ojos rojos de rabia. No le dije “pobrecito”. No le dije “no llores”. Solo hablé y hablé del gato inventado hasta que él pudo volver a caminar.
Yo lo había olvidado.
Él no.
El licenciado puso la novela vieja sobre la mesa.
“Hay algo más.”
Abrió el libro. Entre dos páginas había una hoja de jacaranda seca, morada, casi deshecha.
“Usted se la puso ahí”, dijo. “Según Tomás, le dijo: ‘Para que nunca pierdas la página’.”
La habitación giró.
“Entonces él sabía quién era yo desde el principio.”
“Sí.”
“¿Y aun así no me lo dijo?”
Salcedo bajó la mirada.
“Porque temía que usted aceptara casarse por culpa, no por libertad.”
Antes de que pudiera responder, golpearon la puerta.
Fuerte.
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