Nuestro encuentro no fue casualidad.
Antes de ser tu esposo, fui el muchacho tartamudo que vivía tres casas después de la tuya, en la calle Fresno, en la colonia Santa María la Ribera.
El papel se me cayó de las manos.
“No”, dije.
El licenciado se inclinó para recogerlo.
“¿Lo recuerda?”
No podía respirar.
Calle Fresno.
Una vecindad amarilla.
Un taller de bicicletas.
Un árbol de jacaranda que manchaba la banqueta de morado.
Yo había vivido ahí hasta los trece años, antes de que mis papás murieran en un accidente en la México-Pachuca. Después me mandaron con una tía en Ecatepec y luego de casa en casa, como si mi vida cupiera en una bolsa negra.
Nunca regresé.
“Había un muchacho”, susurré. “Callado. Delgado. Siempre detrás del taller.”
“Tomás”, dijo el licenciado.
Negué con la cabeza.
El Tomás que yo recordaba tenía la mirada escondida y las manos llenas de grasa de bicicleta. El Tomás que yo acababa de enterrar discutía sobre novelas, hacía chistes malos y fingía enojarse cuando yo usaba palabras dudosas en Scrabble.
El licenciado abrió la bolsa kraft y sacó un cuaderno de piel gastada.
“Esto es suyo.”
Dentro, en la primera página, Tomás había escrito mi nombre.
Mariana, 14 años.
Espero que donde esté, alguien le pregunte si ya comió.
Pasé la página con dedos torpes.
Mariana, 15 años.
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