Y la viga cayó sobre Mateo.
PARTE 3
—¡Mateo!
Valeria gritó su nombre hasta sentir que el humo le raspaba la garganta.
La viga le había golpeado el hombro izquierdo y lo mantenía atrapado contra el piso de madera. Él intentó empujarla, pero el dolor lo dobló.
Durante doce años, don Ernesto le había repetido que era débil.
Torpe.
Inestable.
Una carga.
Aquella noche, la fuerza que ella había aprendido a esconder fue lo único que pudo salvarlos.
Valeria metió ambas manos bajo la madera ardiente. La piel le quemó. Apretó los dientes. Soltó un grito ronco y levantó la viga lo suficiente para que Mateo sacara el brazo.
—No puedo caminar bien —dijo él, pálido.
—Entonces te vas a recargar en mí.
—Valeria…
—No me discutas mientras se nos cae la casa encima.
Lo sostuvo por la cintura y lo guió hacia un pasillo de servicio que recordaba de su infancia, cuando su madre la llevaba a jugar lejos de las visitas importantes.
El corredor olía a humedad y ceniza. Al final, una puerta vieja estaba hinchada por la lluvia. Valeria embistió una vez. Nada. Dos veces. La tercera, el marco cedió.
Cayeron sobre el pasto mojado del jardín justo cuando las llamas devoraron el archivo.
La libreta de Alma seguía escondida dentro del abrigo de Valeria.
Se refugiaron en una capilla de piedra al fondo de la propiedad, una construcción abandonada que la familia usaba solo para bodas falsas y fotos elegantes. Allí, bajo la luz débil de los vitrales rotos, Valeria acomodó el hombro dislocado de Mateo con una precisión que lo sorprendió.
—¿Dónde aprendiste eso?
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