Dos días después, Inés, la asistente personal de Valeria, tomó por error una taza de chocolate caliente que estaba destinada a su patrona. Media hora más tarde cayó al suelo, temblando, incapaz de hablar.
Un médico independiente confirmó que la taza contenía una dosis altísima de sedante.
Valeria permaneció junto a la cama de Inés en el hospital Médica Sur, con las manos heladas.
—Era para mí —murmuró.
Mateo no dijo que estaba exagerando. No dijo que su padre jamás haría algo así. Solo sacó el teléfono y llamó a un abogado penalista.
Esa misma noche, Valeria lo llevó a una habitación cerrada de la mansión. Era el antiguo archivo de Alma, trasladado allí años atrás por una cláusula secundaria de su testamento que Ernesto no pudo bloquear.
Valeria sacó la llave del vestido, ahora guardada en una cadena bajo la blusa.
La cerradura abrió.
Dentro encontraron cartas, estados de cuenta, fotografías y una libreta de piel escrita con un código doméstico: “velas” significaba sobornos, “reparaciones” eran pagos a funcionarios, “manteles” eran transferencias a cuentas fantasma.
Durante días descifraron cada página.
Alma había descubierto que Ernesto vaciaba el fideicomiso destinado a Valeria: acciones de una maderera en Michoacán, terrenos en Querétaro, inversiones que debían pasar a manos de su hija al casarse o cumplir treinta años.
Pero lo peor estaba en una carpeta azul.
Ahí había transferencias a un contador, un periodista y un funcionario vinculados al escándalo que destruyó al padre de Mateo.
Mateo leyó los nombres tres veces.
—Mi papá fue incriminado.
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