Eso la dejó callada.
Un día, una diseñadora enviada por Ernesto llegó con vestidos gruesos, oscuros, casi fúnebres.
—La idea es disimular —dijo mirando el cuello de Valeria—. Hay cosas que conviene no exhibir.
Mateo la echó de la casa.
Después fue con Valeria.
—Perdón. Debí preguntarte antes.
Ella lo observó largo rato.
—Nadie me había pedido perdón por defenderme mal.
No era amor todavía.
Pero era respeto.
Y para Valeria, eso ya parecía un milagro.
Don Ernesto, sin embargo, no había perdido el control por completo.
Una tarde apareció el doctor Castañeda en la entrada, con una carpeta médica bajo el brazo.
—Vengo a evaluar a la señora Valeria. Su padre está preocupado por su estabilidad.
Mateo salió al vestíbulo frente a todo el personal.
—Mi esposa no será evaluada por usted. Retírese.
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