Volví a casa para sorprender a mis padres… pero los encontré tirados en el piso. Los médicos dijeron que alguien los había drogado. 1 semana después, una cámara olvidada mostró al culpable entrando con su propia llave.

Volví a casa para sorprender a mis padres… pero los encontré tirados en el piso. Los médicos dijeron que alguien los había drogado. 1 semana después, una cámara olvidada mostró al culpable entrando con su propia llave.

Durante los primeros días, Fernanda no durmió.

Pasaba las mañanas en el hospital, las tardes respondiendo preguntas de los policías y las noches sentada en la cocina de sus padres, mirando cada taza, cada mantel, cada foto familiar como si los objetos pudieran hablar.

Doña Teresa seguía inconsciente. Don Ramón abría los ojos por segundos, pero no podía sostener la mirada. Los médicos decían que había esperanza, pero también decían paciencia. Y Fernanda empezaba a odiar esa palabra.

Marisol estaba destruida.

—Yo debí venir antes —repetía—. Yo debí llamarles.

Gerardo la abrazaba, le acariciaba el cabello y decía:

—No te culpes, mi amor. Fue un accidente.

La palabra accidente le daba náuseas a Fernanda.

Porque nada en esa casa parecía accidental.

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No había botellas tiradas. No había recetas equivocadas. No había señales de que sus padres hubieran tomado pastillas por voluntad propia. Doña Teresa apenas tomaba paracetamol porque decía que “el cuerpo se acostumbra”. Don Ramón ni siquiera aceptaba gotas para dormir cuando le dolía la espalda.

Una semana después, Andrés, el esposo de Fernanda, fue a la casa para recoger ropa limpia y documentos médicos. Fernanda no quería volver sola. La última vez que había entrado ahí, había encontrado a sus padres en el piso.

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