Esa noche, Andrés la llamó con una voz que ella nunca le había escuchado.
—Ven a la casa de tus papás. Pero no manejes rápido. Necesito que llegues tranquila.
—¿Qué pasó?
—Encontré algo.
Cuando Fernanda llegó, Marisol ya estaba ahí. Tenía los ojos hinchados. Gerardo no estaba.
Andrés estaba sentado frente a la mesa del comedor con una laptop abierta. A un lado había una cajita negra llena de polvo.
—¿Qué es eso? —preguntó Fernanda.
—La cámara vieja del zaguán de tu papá.
Fernanda frunció el ceño.
—Esa ya no servía.
—La aplicación no servía —respondió Andrés—. Pero seguía grabando en una memoria.
Don Ramón había instalado esa cámara después de que le robaron una bicicleta al vecino. Luego dejó de revisar la aplicación porque decía que “esas cosas modernas nomás estresan”. Nadie volvió a acordarse de ella.
Hasta ahora.
Andrés insertó la memoria en la computadora.
El video mostraba la entrada de la casa la noche anterior al hallazgo. La calle estaba oscura. La cámara tenía mala calidad, pero se distinguía el portón, las macetas y la luz amarilla del porche.
A las 8:43 de la noche, un hombre apareció caminando hacia la puerta.
Llevaba una bolsa blanca de farmacia.
No tocó el timbre.
No llamó por teléfono.
Sacó una llave.
Marisol dejó de respirar.
El hombre abrió la puerta y entró como quien entra a su propia casa.
Durante 34 minutos no pasó nada.
Luego la puerta se abrió de nuevo.
El hombre salió. Se acomodó la camisa. Cerró con llave. Al girar hacia la calle, la luz del porche le iluminó la cara.
Marisol soltó un grito ahogado.
Era Gerardo.
Su esposo.
El hombre que había estado llorando en el hospital. El que decía que todo había sido un accidente. El que abrazaba a Marisol mientras sus suegros estaban entre la vida y la muerte.
Fernanda sintió que la sangre se le iba a los pies.
—No —susurró Marisol—. No puede ser.
Andrés pausó el video.
Nadie habló durante varios segundos.
Luego sacó un sobre doblado de una bolsa.
—También encontré esto en la camioneta de tu papá. Estaba debajo del asiento.
Fernanda lo tomó.
En el frente estaba la letra de su madre.
Para Fernanda. Abrir solo si nos pasa algo.
Le temblaron las manos al romperlo.
Dentro había una hoja de una clínica privada y, al reverso, una frase escrita con pluma azul.
Si algo nos sucede, revisen a Gerardo primero.
Marisol se derrumbó contra la pared.
Fernanda no lloró.
No todavía.
Porque en ese momento entendió que su madre había tenido miedo antes de caer al piso.
Y lo más terrible era que no se lo había contado a nadie.
PARTE 3
La policía recibió el video esa misma noche.
El detective Salgado lo vio 2 veces sin interrumpir. Luego pidió el sobre, la hoja médica y una lista de todas las personas que tenían llave de la casa.
Marisol apenas podía hablar.
—Gerardo tenía una copia —dijo con la voz rota—. Mi mamá se la dio cuando nos casamos, por si algún día necesitábamos entrar a revisar algo.
Fernanda la miró sin rabia. Todavía no. El dolor era demasiado grande para convertirse en enojo.
—¿Por qué mamá escribió eso? —preguntó.
Marisol negó con la cabeza.
Pero Andrés, que había estado revisando papeles en el buró de don Ramón, puso sobre la mesa otra pieza.
Un cuaderno viejo de cuentas.
Don Ramón anotaba todo. Desde el gas hasta las tortillas. En las últimas páginas había varios préstamos marcados con un nombre: Gerardo.
15,000 pesos.
30,000 pesos.
50,000 pesos.
Y luego una frase escrita con letra firme:
No darle más dinero. Está metido en deudas. Teresa está de acuerdo.
Fernanda sintió que el piso se inclinaba.
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