Se sentaron en la pequeña cocina. Había 2 tazas limpias secándose junto al fregadero y una foto de Emiliano con uniforme escolar pegada al refrigerador.
Ricardo no le contó todo, pero le contó lo suficiente: que su hijo había escuchado un plan contra su vida, que había grabado un audio, que gracias a él seguía vivo y que todavía no podían revelar nada.
Teresa se llevó una mano a la boca.
—Yo sabía que algo traía —dijo con la voz rota—. Llevaba días callado. Dibujaba coches cayendo al agua. Le pregunté y me dijo que no pasaba nada. Debí insistir.
—No se culpe. Él calló para protegerla.
Teresa miró hacia el cuarto donde dormía su hijo.
—¿Qué va a pasar ahora?
—Va a haber gente cuidándolos sin que se note. Usted actuará normal. Emiliano no debe salir solo. En 2 o 3 días esto termina.
Teresa asintió, pero sus ojos no se apartaron de la puerta del cuarto.
Los siguientes días fueron una obra de teatro dolorosa.
Ricardo desayunaba con Verónica, la besaba en la mejilla, salía a caminar por el jardín, atendía llamadas en su despacho. Ella sonreía, preguntaba, observaba. A veces él sentía que ambos vivían sobre un vidrio delgado, esperando que uno de los 2 se moviera mal y todo se rompiera.
El jueves por la noche, durante la cena, Ricardo soltó la frase que Marcos le había pedido decir.
—Reprogramaron la junta de Querétaro para mañana. Tengo que salir a las 8:00.
Verónica levantó la mirada.
—¿Otra vez por carretera?
—Sí. Toño va a manejar. Marcos ya revisó todo.
Ella tomó su copa.
—Me parece bien. Después de lo del lunes, es mejor que vaya alguien de confianza.
Ricardo sonrió.
—Exacto.
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