Cuando Ricardo regresó a la mansión esa noche, la casa parecía la misma y al mismo tiempo ya no era su casa.
Las luces del jardín estaban encendidas. El mármol del recibidor brillaba. En la cocina olía a sopa de fideo y pan tostado. Todo era tan normal que daba miedo.
Verónica lo recibió en la entrada con los ojos húmedos.
—Me asustaste muchísimo —dijo, abrazándolo.
Ricardo dejó que lo abrazara.
Sintió sus manos en la espalda, el perfume en su cuello, el temblor falso o verdadero de su respiración. Ya no sabía qué parte de ella era mentira y qué parte aún pertenecía a la mujer con la que había compartido 23 años.
—Estoy bien —dijo él.
—¿Qué dijo Marcos?
—Que probablemente fue un intento de secuestro. Alguien intervino los mensajes de la empresa y mandó otro chofer.
Verónica soltó un suspiro mínimo.
Demasiado pequeño para una esposa preocupada.
Demasiado claro para un hombre que acababa de aprender a mirar.
—Gracias a Dios te diste cuenta —murmuró ella.
—Sí —respondió Ricardo—. Gracias a Dios.
Cenaron juntos. Ella encendió velas. Sirvió vino. Le preguntó por la oficina, por la junta, por la policía. Ricardo contestó con frases tranquilas, sin dar demasiados detalles. Cada palabra era parte de una trampa nueva, pero esta vez la trampa no era para él.
A las 10:40, Verónica dijo que estaba cansada y subió a la recámara.
Ricardo esperó 20 minutos. Luego salió por la puerta lateral y caminó hasta la casita de servicio, detrás del jardín.
Teresa abrió antes de que él tocara por segunda vez. Tenía el rostro serio.
—Emiliano está dormido —susurró.
—Necesito hablar con usted.
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