Esa noche, Verónica salió al jardín con el celular pegado al oído. No sabía que la policía ministerial ya tenía autorización para intervenir su línea. No sabía que Daniel Santillán estaba siendo seguido desde la tarde. No sabía que el audio de Emiliano, los documentos falsificados y los antecedentes de Adrián Huerta ya estaban en manos de la fiscalía.
A las 11:16, su voz quedó registrada diciendo:
—Mañana sí se va a subir. Esta vez no puede fallar.
Y la voz de Daniel respondió:
—Entonces terminamos lo que empezamos.
El viernes amaneció frío.
Ricardo bajó con traje oscuro, portafolios y abrigo. Verónica lo esperaba en la cocina con café.
—Cuídate —dijo ella, acomodándole la corbata.
Él la miró por última vez como esposo.
No como enemigo.
No como víctima.
Como un hombre que se despedía de una vida entera.
—Siempre lo hago —respondió.
El coche negro esperaba afuera. Toño estaba junto a la puerta con su pulsera roja y su medallita de San Judas brillando en la muñeca.
Ricardo subió.
Durante los primeros 20 minutos nadie habló. Luego Toño miró por el retrovisor.
—Nos siguen, patrón. Sedan gris. 2 hombres.
—Sigue normal.
La carretera hacia Querétaro se abrió entre cerros secos y anuncios de gasolineras. A la altura de una curva junto a una presa, Ricardo vio un coche detenido en el acotamiento.
Junto a él estaba el mismo falso chofer del lunes.
Toño pasó de largo.
El hombre subió a su vehículo.
Entonces todo ocurrió en menos de 1 minuto.
2 camionetas negras salieron de un camino lateral y bloquearon la carretera. El sedan gris frenó. Un tercer vehículo cerró la salida por atrás. Hombres y mujeres vestidos de civil bajaron con armas y placas.
—¡Fiscalía! ¡Manos arriba!
El falso chofer intentó correr, pero no dio ni 5 pasos. Daniel Santillán fue detenido dentro del sedan gris con una pistola, una jeringa, documentos falsos y un folder con copias del seguro de Ricardo.
Toño detuvo el coche en la orilla.
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