—Sí.
—Entonces sabes una parte.
Diego levantó la mirada.
—¿Una parte?
Camila respiró con dificultad.
—Mi operación comenzó con tu familia. Empresas fachada, contratos inflados, donaciones falsas a la fundación de tu madre. Yo creí que tú eras arrogante y cobarde, pero no necesariamente corrupto.
—No lo soy —dijo Diego, casi suplicando—. Te lo juro.
—Por eso sellé el informe antes de mi licencia de maternidad. Escribí que Rebeca controlaba las cuentas. Pedí que no te acusaran sin pruebas directas.
Diego se cubrió la boca.
Ella lo había defendido.
Mientras él la abandonaba.
—Pero cuando mi padre reabrió la investigación —continuó Camila— encontraron algo que yo no vi.
El cuarto pareció quedarse sin aire.
—¿Qué?
Camila miró a su padre. El general sacó una carpeta y la puso sobre una mesa.
—Registros médicos —dijo él—. Accesos no autorizados a los expedientes prenatales de Camila.
Diego negó lentamente.
—No.
—Tu madre sabía lo de la presión alta —dijo Camila—. Sabía el riesgo. Sabía qué podía pasar si no llegaba rápido a urgencias.
—Ella no…
—Contestó las llamadas del hospital —lo interrumpió Camila—. Dijo que no te molestaran. Dijo que yo exageraba.
Diego recordó el bolso de Rebeca con su teléfono adentro. La música. El pastel. Su madre levantando una copa.
“Hoy celebramos a la verdadera familia.”
La palabra le quemó la lengua.
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