Camila extendió otra hoja. Le temblaba la mano.
Diego la tomó.
Era una modificación de fideicomiso. En el documento aparecía el nombre de su hija recién nacida como futura heredera de acciones del Grupo Armenta.
—¿Qué es esto?
El general respondió:
—El fideicomiso de su familia transfiere el control de ciertas acciones al primer nieto biológico. Hasta que esa persona cumpla 21 años, el tutor legal administra esos bienes.
Diego sintió náuseas.
—Mi madre…
—Preparaba una solicitud de custodia —dijo Camila—. Con reportes falsos sobre mi salud mental. Quería alegar que yo era inestable y peligrosa para la bebé.
—No.
—Sí, Diego. Necesitaba que nuestra hija naciera viva. Pero necesitaba que yo no pudiera oponerme.
Diego se hundió en una silla.
—Yo la ayudé.
Nadie tuvo que responder.
La puerta se abrió de golpe. Un agente de la Fiscalía entró.
—General, Rebeca Armenta llegó al hospital. Trae una orden provisional y exige acceso a la recién nacida.
El rostro de Camila se tensó.
Diego se puso de pie.
—No la dejen pasar.
Por primera vez, su voz no sonó arrogante. Sonó rota.
El general lo miró.
—¿Ahora quiere actuar como padre?
Diego bajó la cabeza.
—No sé si todavía tengo derecho. Pero ella no va a tocar a mi hija.
En el pasillo, Rebeca ya estaba gritando. Vestía de blanco, impecable, con perlas en el cuello y un abogado joven cargando papeles.
—¡Soy la abuela! ¡Tengo una orden! ¡Esa niña pertenece a mi familia!
Camila pidió que levantaran un poco su cama. La enfermera dudó, pero el general asintió.
Cuando Rebeca entró y vio a Camila despierta, su rostro perdió color durante un segundo. Solo un segundo. Después volvió a sonreír.
—Mi niña, qué gusto que estés mejor. Todo esto ha sido un malentendido.
Leave a Comment