Camila estaba en la cama, pálida, con los labios secos y tubos conectados al brazo. Tenía el cabello recogido sin cuidado. Una venda cubría la palma de su mano. Su rostro parecía más pequeño, más frágil, pero sus ojos estaban abiertos.
Y cuando miró a Diego, ninguna excusa sobrevivió.
—Camila —susurró él.
Ella no sonrió. No lloró. Solo lo observó con una serenidad que le dolió más que un grito.
—¿Cómo está?
Diego frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nuestra hija —dijo ella, con voz débil pero firme—. ¿Preguntaste por ella primero?
Diego sintió que la cara se le deshacía.
—Me dijeron que está viva.
Camila cerró los ojos. Una lágrima le bajó por la sien.
—Está viva porque desconocidos llegaron cuando tú no quisiste.
—Perdóname.
La palabra cayó al piso, inútil.
—Cometí un error.
Camila abrió los ojos.
—Un error es olvidar leche. Un error es llegar tarde a una cita. Tú me dejaste morir.
Diego retrocedió como si lo hubieran golpeado.
—No pensé…
—Nunca piensas cuando no te conviene.
El general permanecía junto a la pared, con la mandíbula apretada, dejando que su hija hablara.
Camila levantó despacio la mano vendada.
—Me arrastré, Diego. No podía caminar. Tenía sangre en la ropa. Sentí los vidrios clavarse aquí. Pensé que iba a perder a nuestra hija. Y me arrastré porque entendí que si esperaba por ti, las dos íbamos a morir.
Diego lloró.
—Yo te amo.
Camila lo miró largo rato.
—No. Tú amabas la versión de mí que te hacía la vida fácil. La esposa que callaba, la que sonreía, la que soportaba a tu madre. Nunca amaste a la mujer completa.
Él no pudo contestar.
—Mi padre te mostró el expediente.
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