—¿Qué pasó?
El capitán dudó.
Y ese silencio hizo que Diego dejara de respirar.
—La teniente coronel despertó.
El rostro del general cambió por primera vez. Dolor, alivio, miedo. Todo junto.
—¿Mi hija habló?
—Sí, señor. Preguntó por usted.
Diego dio un paso.
—¿Y por mí?
El capitán lo miró.
—Pidió que el señor Armenta fuera llevado al hospital.
Diego sintió un alivio desesperado.
—Quiere verme.
Nadie respondió.
Pero la mirada del general le dijo algo que le heló la sangre.
Camila no lo había mandado llamar para perdonarlo.
PARTE 3: LA MUJER QUE DIEGO NUNCA CONOCIÓ
El trayecto al Hospital Central Militar fue el viaje más largo de la vida de Diego Armenta.
Iba sentado en la parte trasera de una camioneta negra. No estaba esposado, pero los dos elementos a su lado dejaban claro que tampoco era libre. Cada semáforo le devolvía una imagen de Camila.
Camila doblando ropita de bebé sola.
Camila pidiéndole que la acompañara a una consulta.
Camila bajando la mirada cuando Rebeca decía que una buena esposa no separaba a un hombre de su madre.
Camila en el piso de la cocina, rogándole ayuda.
Y él saliendo por la puerta.
Al llegar al hospital, Diego vio más uniformes, pasillos restringidos y agentes hablando en voz baja. No era una visita familiar. Era una operación vigilada.
El general Sandoval lo condujo hasta un ala privada. Detrás de una puerta, una máquina marcaba latidos. Detrás de otra, su hija recién nacida peleaba por respirar dentro de una incubadora.
Diego quiso correr hacia las dos.
Pero no tenía derecho.
Una enfermera salió.
—General, la teniente coronel está lista.
Sandoval entró primero. Diego lo siguió.
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