—¿Dónde están ahora? —preguntó Mariana.
—Emiliano estudia ingeniería en Monterrey. Sebastián está en Guadalajara, en música. Vienen a verme algunos fines de semana. Ya tienen dieciséis.
Dieciséis.
Mariana los había perdido siendo niños de nueve años. En su memoria seguían con dientes de leche, rodillas raspadas y voces agudas. Pero la vida no se había detenido por su dolor. La vida había seguido creciendo lejos de ella.
—Quiero verlos.
Rebeca se puso rígida.
—No sé si sea buena idea hacerlo de golpe.
Mariana la miró con una calma que dio miedo.
—¿Buena idea? ¿Después de siete años de mentira todavía crees que tienes derecho a decidir el ritmo de la verdad?
Rebeca guardó silencio.
Mariana señaló la tumba.
—Él decidió por todos y mira lo que hizo. Tú decidiste callar y mira lo que hiciste. Ahora se acabaron las decisiones tomadas a escondidas.
Lucía se secó las lágrimas con la manga.
—Yo solo quiero saber si se acuerdan de mí.
Esa frase destruyó lo poco que quedaba de dureza en Mariana.
Rebeca sacó su celular. Marcó un número con manos temblorosas.
—Voy a llamar a Emiliano.
El tono sonó una vez.
Dos.
Tres.
—¿Mamá? —respondió una voz joven al otro lado.
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