Mariana se llevó una mano a la boca.
No era la voz del niño que recordaba. Era más grave, más lejana. Pero algo en la manera de decir mamá le atravesó el pecho.
Rebeca activó el altavoz.
—Emiliano, necesito decirte algo. Estoy con alguien.
—¿Qué pasó?
Rebeca miró a Mariana, pidiendo permiso con los ojos. Mariana asintió.
—Estoy con Mariana.
Hubo un silencio largo.
—¿Mariana? —repitió el muchacho.
Lucía tembló.
—Y con Lucía —añadió Rebeca.
El silencio se volvió insoportable.
Después, la voz de Emiliano se quebró.
—¿Lucía?
Lucía dio un paso hacia el teléfono.
—Soy yo.
Al otro lado se escuchó una respiración agitada.
—Yo pensé… —Emiliano se detuvo—. Papá dijo que ustedes no podían vernos.
Mariana cerró los ojos.
Otra mentira.
—No fue cierto, hijo —dijo ella, y la palabra se le escapó antes de que pudiera detenerla.
Hijo.
Al otro lado, Emiliano empezó a llorar.
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