—Sabía que ellos me amaban.
—Sí.
—Entonces no fue ignorancia. Fue egoísmo.
Rebeca no se defendió.
Sacó de su bolsa una libreta negra, gastada en las orillas.
—Esto también lo dejó. Son notas de sus últimos meses. Hay cosas sobre ti, sobre Lucía, sobre los niños. Yo nunca quise leer todo. Me daba vergüenza.
Mariana tomó la libreta, pero no la abrió.
—¿Emiliano y Sebastián saben que yo los busqué?
Rebeca respiró con dificultad.
—Saben una parte.
—¿Qué parte?
—Alejandro les dijo que tú habías aceptado que vivieran conmigo. Que estabas dolida, pero que era lo mejor.
Lucía soltó un sollozo.
—Entonces creen que nosotras los dejamos.
Mariana sintió que algo dentro de ella se partía de una manera nueva.
No solo habían perdido a los niños.
Los niños habían perdido la verdad.
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