Mi esposo desapareció con nuestros hijos gemelos durante un viaje de pesca. Siete años después, mi hija encontró un video que él le había enviado la noche anterior y me dijo: “Mamá, papá me pidió que no te lo mostrara… pero tienes que verlo.”

Mi esposo desapareció con nuestros hijos gemelos durante un viaje de pesca. Siete años después, mi hija encontró un video que él le había enviado la noche anterior y me dijo: “Mamá, papá me pidió que no te lo mostrara… pero tienes que verlo.”

La lápida era sencilla.

Alejandro Rivas Morales

1979 – 2016

Padre amado

Mariana leyó esas palabras y sintió náuseas.

Padre amado.

¿Y Lucía?

¿Y ella?

¿Y los años en que se despertó a las tres de la mañana creyendo escuchar el motor de su camioneta?

Lucía se soltó de su mano y se quedó mirando la piedra.

—Mi papá estaba aquí —dijo, quebrándose—. Todo este tiempo estaba aquí.

Mariana se arrodilló frente a la tumba. No lloró al principio. El dolor era demasiado extraño. No era el golpe limpio de la muerte. Era otra cosa. Una mezcla de duelo, rabia, humillación y amor podrido en el fondo del pecho.

—Me hiciste buscarte en el agua —susurró—. Me hiciste gritar sus nombres en la presa. Me dejaste abrazando ropa vacía.

Rebeca lloraba detrás de ellas.

—Los últimos meses fueron horribles —dijo—. Alejandro llegó con los niños y con una maleta. Dijo que necesitaba ponerlos a salvo. Que tú ibas a odiarlo, pero que algún día entenderías.

Mariana se levantó despacio.

—No. No uses esa palabra.

—¿Cuál?

—Entender.

Rebeca bajó la mirada.

—Tienes razón.

Mariana se acercó a ella.

—Una cosa es tener miedo a morir. Otra cosa es fabricar una tragedia para que una mujer y una niña vivan enterradas en vida.

Rebeca asintió entre lágrimas.

—Yo también fui cobarde. Cuando descubrí que no sabías nada, debí buscarte.

—¿Cuándo lo descubriste?

Rebeca tardó en responder.

—Dos meses después.

Mariana sintió que la rabia le subía como fuego por la garganta.

—¿Dos meses?

—Alejandro estaba ya muy mal. Los niños estaban confundidos. Él me suplicó que no te llamara. Decía que si tú aparecías, ibas a pelear por ellos y que él no tenía fuerzas para enfrentar un juicio. Decía que eran sus hijos biológicos, que la ley se los iba a dar a él o a mí, no a ti.

Mariana cerró los ojos.

La frase era un cuchillo viejo.

Ni siquiera eran hijos tuyos.

La misma frase que doña Teresa le había escupido. La misma idea que todos habían usado para hacerla sentir menos madre.

—Él sabía que yo los amaba.

—Sí.

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