Rodrigo tardó tres segundos en entender que Paloma no estaba huyendo de una discusión.
Estaba huyendo de su propio nombre.
—¡Paloma! —gritó, y salió tras ella.
Camila no se movió. Doña Elena sí. Se levantó temblando, con la mano en la garganta, como si de pronto todos los santos de su sala de lujo se hubieran dado la vuelta para mirarla.
Desde la ventana, Camila vio a Paloma cruzar el jardín con torpeza. Su abrigo crema se enganchó en un rosal, pero ella lo jaló hasta rasgarlo. Rodrigo la alcanzó antes de que subiera al coche.
—¿Qué significa que no existes? —le exigió.
Paloma intentó zafarse.
—No hagas esto aquí.
—¿Quién eres?
Ella miró hacia la casa. Por primera vez, no parecía débil ni dulce. Parecía una mujer calculando cuánto podía salvar antes de hundirse.
—Soy la única persona que estuvo contigo cuando ella te hacía sentir poca cosa.
Camila salió despacio y se quedó en la entrada.
—Tu nombre real es Teresa Robledo —dijo—. Hija de un exinspector de importaciones condenado por aprobar medicamentos contaminados hace quince años.
Rodrigo soltó el brazo de Paloma.
—Eso es mentira.
—Grupo Monteverde presentó las pruebas que llevaron a su condena —continuó Camila—. Teresa pasó años acercándose a personas vinculadas con mi familia. Tú fuiste su puerta de entrada.
Paloma dio una risa seca.
—Qué dramática.
Camila levantó su celular. En la pantalla estaba el expediente que Martín acababa de enviarle: actas, fotografías alteradas, mensajes, cuentas en Panamá, transferencias desde Varela hacia empresas fantasma.
—Te acercaste a Rodrigo fingiendo que lo conocías desde niño. Inventaste recuerdos, nombres de maestros, fiestas, viajes. Luego lo convenciste de mover dinero a cuentas tuyas. Le hiciste creer que eras la mujer que lo entendía, mientras financiabas la defensa de tu padre y vendías información de proveedores.
Rodrigo parecía no escuchar.
—Paloma…
—Ese ni siquiera es su nombre —dijo Camila.
Él la miró con rabia, pero ya no tenía fuerza.
—¿Alguna vez me quisiste? —le preguntó a Teresa.
Ella se acomodó el abrigo roto.
—Te necesité. No es lo mismo, pero funcionó bastante bien.
Doña Elena salió detrás de Camila.
—Muchacha descarada… después de todo lo que hicimos por ti.
Teresa sonrió.
—Usted fue la más fácil. Solo tuve que decirle que Camila no era suficientemente elegante para su hijo.
La cara de Elena perdió color.
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