Julián soltó una risa breve.
—Doña Meche dijo que usted era intensa.
Clara lo miró.
—¿Intensa?
—Con amor —aclaró él, levantando las manos.
Doña Mercedes sonrió por primera vez en todo el día.
—No se peleen. Tengo un tobillo malo, pero todavía puedo correrlos a los dos.
Una semana después, la casa amarilla volvió a tener ruido.
No el ruido de sospecha ni de pasos escondidos. Ruido de vida.
Clara llegó temprano con su coche. Julián ya estaba en la entrada acomodando cajas. Doña Mercedes estaba sentada junto a la ventana, con el tobillo vendado, una libreta sobre las piernas y un lápiz en la mano.
Parecía directora de escuela.
—Clara, la caja de don Ernesto lleva pan suave, no bolillo duro. Se le mueven los dientes.
—Sí, doña Meche.
—Julián, a la señora Renata no le pongas la cobija verde. Esa va para los niños de la familia Cruz.
—Sí, jefa.
—Y no me digas jefa con ese tono.
—Sí, general.
Clara soltó la carcajada.
Doña Mercedes fingió molestia, pero sus ojos brillaban.
Esa tarde repartieron doce cajas en la colonia.
En cada puerta ocurrió algo distinto.
Don Ernesto recibió la suya mirando al piso, avergonzado, hasta que leyó la nota y se limpió los ojos con la manga.
La señora Renata abrazó el paquete de pañales para su nieto menor como si fuera un tesoro.
La familia Cruz no entendía quién les mandaba ayuda, y Clara solo dijo:
—Una vecina que no quiere que nadie se sienta solo.
Al volver, Julián estacionó frente a la casa amarilla. Se quedó unos segundos sin bajar.
—Yo pensé que ella me había salvado a mí —dijo.
Clara lo miró.
—También usted la salvó a ella.
Él negó despacio.
—No hice mucho.
—Le devolviste algo que todos estábamos quitándole sin darnos cuenta.
—¿Qué?
Clara volteó hacia la ventana.
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