—Eso no es justo.
—No, Patricia. Lo injusto fue que vinieras hoy con policía, pero no vinieras en seis meses con una sopa. Lo injusto fue que preguntaras por las escrituras más veces que por mi presión. Lo injusto fue que llamaras vividor a un muchacho que arregló mi fregadero, me acompañó al centro de salud y me escuchó cuando yo ya no quería decirle a nadie que me sentía inútil.
La sobrina bajó el celular.
—Yo tengo trabajo, hijos, problemas…
—Todos tenemos problemas —dijo doña Mercedes—. Pero no todos usamos eso para dejar de querer.
El policía carraspeó.
—Señora, si usted confirma que el joven vive aquí con su permiso y que no hay delito, yo no tengo nada que hacer.
—Lo confirmo.
—¿Y las cajas?
Doña Mercedes levantó la barbilla.
—Son ayuda. No contrabando, no robo, no brujería, aunque algunos vecinos ya estaban listos para inventarlo.
La señora Lupita, desde la puerta, se persignó despacito.
Clara casi se ríe, pero las lágrimas le ganaron.
Patricia todavía intentó una última defensa.
—Tía, entiende. Una mujer de tu edad no puede andar metiendo extraños a su casa.
Doña Mercedes sonrió con tristeza.
—Extraña fuiste tú cuando dejaste de venir. Julián dejó de serlo cuando se sentó a escucharme.
Nadie respondió.
Esa tarde, Patricia se fue sin despedirse. El policía también. Los vecinos salieron murmurando menos fuerte que cuando entraron. La casa quedó con Clara, Julián y doña Mercedes en una especie de calma rota.
Clara se sentó junto a la anciana.
—Yo también la juzgué.
Doña Mercedes le acarició la mano.
—Tú me quieres.
—Pero quise decidir por usted.
—Sí.
La palabra fue pequeña, pero le pegó fuerte.
—Pensé que protegerla era evitarle cualquier riesgo.
—A veces proteger demasiado se parece a encerrar, Clarita.
Clara lloró sin hacer ruido.
—Perdón.
—Yo también te debo perdón. Te cerré la puerta porque sabía que si te contaba, ibas a organizar todo, llamar al DIF, hacer listas, regañarme por cargar cajas y quitarme el gusto de sentirme útil.
—Probablemente sí.
—Exacto.
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