Un joven comenzó a visitar todos los días a mi vecina de 83 años. Cuando ella dejó de contestar mis llamadas, entré en su casa y escuché golpes bajo el piso.

Un joven comenzó a visitar todos los días a mi vecina de 83 años. Cuando ella dejó de contestar mis llamadas, entré en su casa y escuché golpes bajo el piso.

PARTE 1

—Ese muchacho ya tiene llave de la casa de doña Mercedes… y usted sigue pensando que no pasa nada.

La frase me la dijo la señora Lupita, la de la papelería, una tarde de martes mientras barría la banqueta de la colonia Narvarte como si estuviera limpiando un secreto del piso.

Clara Torres volteó hacia la casa amarilla de al lado.

Doña Mercedes tenía 83 años y había vivido ahí desde antes de que Clara aprendiera a cruzar la calle sola. No era solo una vecina. Era la mujer que le calentaba sopita de fideo cuando su mamá trabajaba doble turno en el hospital, la que la peinó para su primera comunión y la que se sentaba con ella durante los apagones, contando historias de un México que ya parecía guardado en cajas viejas.

Cuando Clara creció, los papeles se invirtieron.

Ella le llevaba pan dulce, revisaba que no le faltaran medicinas, limpiaba los estantes altos, cargaba los garrafones y pasaba tres veces por semana para asegurarse de que doña Mercedes estuviera bien.

Todo siguió así hasta que apareció Julián.

La primera señal rara ocurrió un viernes.

Clara llegó con bolillos, papaya picada y té de manzanilla. Tocó el timbre, como siempre. Doña Mercedes abrió apenas una rendija. Traía el cabello blanco bien peinado, los labios pintados y una blusa azul que Clara no le veía desde Navidad.

—Ya no hace falta que vengas tanto, Clarita —dijo la anciana.

Clara sonrió, confundida.

—¿Por qué dice eso?

—Porque ahora tengo a Julián.

—¿Quién es Julián?

Doña Mercedes bajó la voz, como niña haciendo travesura.

—Un repartidor. Me trajo un paquete, se quedó a platicar conmigo… y me enamoré.

Clara esperó la carcajada.

No llegó.

La anciana tomó la bolsa del mandado y cerró la puerta con cuidado, pero con firmeza. No fue un portazo. Fue peor. Fue una frontera.

Dos días después, Clara vio al muchacho salir de la casa.

No tendría más de 22 años. Usaba tenis gastados, pantalón de mezclilla, chamarra negra y una mochila de repartidor colgada al hombro. Al verla, no se puso nervioso. Al contrario, sonrió.

—Usted debe ser Clara.

Que supiera su nombre le cayó como agua fría.

—¿Y tú quién eres?

—Julián. Doña Meche me habla mucho de usted.

Él lo dijo tranquilo. Demasiado tranquilo.

Durante las siguientes dos semanas, doña Mercedes dejó de salir al portón. Ya no iba por sus plantas, no recogía las cartas y no contestaba las llamadas. Julián entraba y salía casi todos los días. A veces en la mañana. A veces de noche. Una madrugada, Clara lo vio abrir con su propia llave.

Eso fue lo que le revolvió el estómago.

Cada vez que escribía al celular de doña Mercedes, recibía la misma respuesta:

“Estoy bien. No te preocupes.”

Nada más.

Doña Mercedes jamás escribía así. Ella mandaba audios de tres minutos para decir que había comprado cilantro. Ponía bendiciones, emojis de flores, consejos sobre no salir sin suéter y hasta recetas mal escritas.

Pero esos mensajes eran fríos. Cortos. Copiados.

La preocupación se volvió rabia cuando una sobrina de doña Mercedes, Patricia, apareció un sábado en la colonia.

—Ese tipo se está aprovechando de mi tía —dijo frente a varios vecinos—. Seguro ya la obligó a firmar algo. Estas cosas pasan. Los viejitos se quedan solos y llega cualquier muerto de hambre.

Clara no quería alimentar chismes, pero tampoco podía dormir.

El lunes siguiente, un paquete dirigido a doña Mercedes llegó por error a la casa de Clara.

La caja era pesada. No traía remitente claro, solo una etiqueta con el nombre completo de la anciana.

Clara la cargó hasta la casa amarilla y tocó el timbre.

Nada.

Tocó más fuerte.

—¡Doña Meche!

Silencio.

Llamó al celular.

Desde adentro escuchó vibrar un teléfono.

Eso la heló.

Sacó la llave de emergencia que doña Mercedes le había dado años atrás, esa que Clara juró usar solo si pasaba algo grave.

Abrió.

La sala estaba impecable. Demasiado impecable. Los sillones parecían no haber sido usados. Los portarretratos estaban alineados. La mesa no tenía polvo. Ni una taza. Ni una cobija. Ni una revista.

La casa de doña Mercedes siempre olía a canela, crema de manos y ropa limpia.

Ese día olía a cloro.

—¿Doña Meche?

Clara avanzó hasta la cocina. Vacía.

El cuarto. Vacío.

El baño. Vacío.

Ni rastro de Julián.

Entonces escuchó algo.

Un golpe suave.

Luego otro.

Toc… toc… toc…

Venía debajo del piso.

Clara sintió que la sangre se le iba de la cara.

Caminó hacia la puerta del sótano y puso la mano sobre la perilla.

Del otro lado, una voz débil susurró su nombre.

Y Clara entendió que lo que estaba a punto de encontrar no se parecía a nada de lo que había imaginado.

PARTE 2

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