PARTE 2
—Si ese sobre tiene el nombre de mi mamá, lo abre conmigo y con mi abogada en la línea —dije.
Mi voz sonó más firme de lo que me sentía. Por dentro estaba temblando.
Santiago me miró con una culpa que no sabía dónde poner. Don Ernesto, en cambio, parecía aburrido. Como si la verdad fuera un trámite molesto.
Llamé a la licenciada Mariana Rivas, la abogada que me había aceptado el caso aunque yo apenas podía pagarle en abonos.
Contestó al segundo tono.
—Laura, dime que no firmaste nada.
—Estoy en Grupo Beltrán. Don Ernesto tiene un sobre de mi mamá.
Hubo un silencio.
—Ponme en altavoz. Y que nadie toque nada más.
Santiago acercó una silla para que me sentara. No lo hizo con autoridad, sino con cuidado. Me senté porque Valentina empezaba a moverse.
Don Ernesto empujó el sobre hacia mí.
—Tu madre me lo entregó antes de morir.
—¿Por qué se lo daría a usted? —pregunté.
—Porque sabía que, tarde o temprano, mi hijo iba a repetir errores que no eran completamente suyos.
Santiago apretó los dientes.
—Habla claro.
Abrí el sobre con manos frías. Dentro había una carta y una fotografía antigua.
En la foto aparecía mi mamá, mucho más joven, con uniforme de enfermera. A su lado estaba una mujer hermosa, de ojos tristes, cargando a un niño pequeño.
Ese niño era Santiago.
Miré la imagen sin entender.
—Esa mujer es mi madre —dijo Santiago casi sin voz.
Don Ernesto se quedó inmóvil.
Yo empecé a leer la carta.
“Mi Laura: si estás leyendo esto, perdóname. Creí que callar era protegerte, pero hay silencios que se pudren y terminan enfermando a los hijos.”
Tragué saliva.
“Antes de que conocieras a Santiago, yo ya conocía a los Beltrán. Trabajé como enfermera privada de Isabel, la madre de Santiago, cuando él era niño. Isabel no abandonó a su hijo como todos le dijeron. Ella intentó llevárselo para salvarlo de una casa donde el amor se negociaba como contrato.”
Santiago retrocedió un paso.
—No…
Don Ernesto bajó la mirada por primera vez.
Yo seguí leyendo.
“Don Ernesto la hizo parecer inestable, le quitó acceso al niño y bloqueó todas sus cartas. Yo ayudé a Isabel a guardar copias porque algún día Santiago tendría que saber que su madre no lo dejó. Se la arrebataron.”
La sala quedó congelada.
Santiago miró a su padre.
—Tú me dijiste que ella se fue porque no quería ser madre.
Don Ernesto habló seco.
—Tu madre era débil.
—¡Era mi mamá!
Valentina empezó a llorar. La cargué contra mi hombro, meciéndola suavemente. Su llanto era pequeño, pero en esa sala sonaba como una acusación enorme.
La licenciada Mariana intervino desde el teléfono.
—Laura, continúa. Necesito saber si esa carta menciona documentos.
Volví a mirar la hoja.
“Si algún día te encuentras atrapada con los Beltrán, busca la caja azul que dejé con Teresa Vale, la hija que Isabel tuvo después de salir de esa casa. Nadie en la familia lo sabe. Santiago tiene una hermana.”
Santiago se quedó blanco.
—¿Una hermana?
Don Ernesto cerró los ojos.
—Eso no tiene nada que ver con Laura ni con la niña.
—Tiene todo que ver —dije, sintiendo una rabia nueva—. Usted le quitó a Santiago su madre. Luego intentó quitarle a mi hija. Es el mismo monstruo con distinto traje.
Santiago no habló. Parecía hundido en un recuerdo que acababan de cambiarle a la fuerza.
—¿Quién es Teresa Vale? —preguntó Mariana.
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