A la mañana siguiente, mi mejor amiga, Daniela, me esperaba en la parada del autobús.
Era la única persona en toda la escuela que nunca me había juzgado.
Cuando llegamos, fui directamente a mi casillero.
Abrí la puerta para sacar mis libros.
Y entonces lo vi.
Junto a mí estaba Alejandro.
Capitán del equipo de fútbol.
Popular.
Admirado por todos.
Y probablemente la última persona que imaginaba acercándose a mí.
—Hola, Valeria.
—Hola…
Parecía nervioso.
—Quería preguntarte algo.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
—¿Qué pasa?
Respiró profundamente.
—¿Te gustaría ir al baile conmigo?
Por un momento pensé que había escuchado mal.
—¿Hablas en serio?
—Sí.
—¿Por qué?
Alejandro sostuvo mi mirada.
—Porque siempre me pareciste una buena persona. Y porque nunca me gustó cómo te tratan.
Busqué alguna señal de burla en su rostro.
No encontré ninguna.
—Sí —respondí finalmente—. Me gustaría.
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