Uno por uno descendieron por la escalera.
Cuando llegaron abajo, el silencio los sorprendió.
El refugio era pequeño, pero sólido.
Había estanterías llenas de conservas.
Bidones de agua.
Mantas.
Una mesa.
Y la estufa de hierro que mantenía el aire cálido.
Lucas miró alrededor con los ojos abiertos.
—Esto… esto es increíble.
Don Ramiro pasó la mano por la pared.
—¿Lo hiciste sola?
Elena asintió.
—Con los planos de Mateo.
Durante un momento nadie habló.
Porque todos estaban pensando lo mismo.
Habían pasado meses riéndose de aquello.
Y ahora… era el lugar más seguro de todo el pueblo.
Esa noche el viento alcanzó su punto más violento.
Árboles enteros cayeron en el bosque.
Varias casas perdieron partes del techo.
Pero bajo la tierra, el refugio resistía.
Elena había calculado espacio para seis personas.
Ahora eran seis.
Durante horas escucharon el rugido lejano de la tormenta.
Leave a Comment