Cinco personas salieron primero: Don Ramiro, Carmen, el joven Lucas, la señora Marta y Tomás, el mecánico.
La nieve ya les llegaba casi a las rodillas.
Las linternas apenas iluminaban unos metros delante de ellos.
Cuando finalmente llegaron a la casa de Elena, estaban exhaustos.
Golpearon la puerta.
Durante unos segundos no hubo respuesta.
Luego la puerta se abrió lentamente.
Elena apareció envuelta en un abrigo grueso.
Los miró en silencio.
El viento rugía detrás de ellos.
Nadie sabía muy bien qué decir.
Hasta que Carmen habló.
—Elena… necesitamos ayuda.
Por un momento, Elena recordó cada risa.
Cada comentario en el bar.
Cada mirada de burla cuando pasaban frente a su jardín.
Pero también recordó a Mateo.
Y lo que él siempre decía.
“En el bosque, si alguien se pierde, lo ayudas. No importa quién sea.”
Elena suspiró.
—Entren rápido.
Cuando Elena abrió la pequeña caseta del jardín, los cinco visitantes se quedaron congelados.
Debajo había una puerta de madera reforzada.
Elena levantó el pestillo.
—Bajen con cuidado.
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