Aquella tarde me reuní con la abogada Rebeca Salazar.
Ella abrió la carpeta y sonrió con serenidad.
—Alejandro vino a verme hace meses. Sabía que esto podía suceder.
Insertó la memoria USB en su computadora.
Apareció Alejandro.
Estaba delgado y cansado, pero su mirada seguía siendo firme.
—Si estás viendo esto, significa que intentaron hacerte daño. Mariana nunca me quitó nada. Ella construyó esta vida conmigo. Crió a nuestros hijos y cuidó de mí. Esta casa les pertenece a ella y a nuestros hijos. No permitas que te intimiden.
No pude contener las lágrimas.
Después llegaron más pruebas.
Registros bancarios.
Cuentas ocultas.
Contratos falsificados.
Correos electrónicos comprometedores.
Y una evidencia devastadora.
Ricardo había estado desviando dinero durante años.
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