No recuerdo con claridad cómo llegué a la escuela.
Solo recuerdo caminar por aquellos pasillos silenciosos sintiendo que cada paso pesaba una tonelada.
La profesora Elena y el orientador escolar, Carlos, me esperaban junto a la fila de casilleros.
Ambos parecían emocionados.
Cuando me acerqué, Elena extendió un sobre hacia mí.
Mis manos comenzaron a temblar.
En el frente estaba escrito con la letra inconfundible de mi hija:
PARA MAMÁ
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