La biblioteca seguía igual.
Los mismos estantes.
Las mismas mesas.
Los mismos rincones silenciosos.
Entonces la vi.
Una adolescente sentada sola en una esquina.
Llevaba una sudadera gris parecida a las que usaba Valentina.
Durante unos segundos me quedé inmóvil.
Luego recordé el video.
Recordé su voz.
Y caminé hacia ella.
—Hola.
La joven levantó la vista sorprendida.
—Hola…
Señalé la silla vacía.
—¿Puedo sentarme?
Ella asintió.
Y así comenzó una conversación sencilla.
Nada extraordinario.
Nada espectacular.
Pero mientras hablábamos comprendí algo.
Por primera vez desde la partida de mi hija, ya no estaba pensando únicamente en mi dolor.
Estaba presente.
Estaba conectando con otra persona.
Estaba viviendo.
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