Daniel observó la botella durante varios segundos.
Su rostro cambió.
—Había una máquina expendedora…
No respondí.
—Recuerdo que mis manos estaban mojadas…
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Llevaba una camiseta roja.
Asentí.
—Vi algo entre los árboles…
Respiró con dificultad.
—Me alejé demasiado.
Entonces me miró.
Por primera vez realmente me miró.
—No podía encontrar la puerta para regresar.
La botella cayó de sus manos.
—¿Mamá?
Aquella sola palabra destruyó veinte años de dolor acumulado.
Lo abracé.
Y él me abrazó también.
Estaba vivo.
Eso era todo lo que importaba.
Leave a Comment