El sol de finales de verano brillaba sobre la carretera que atravesaba las afueras de una pequeña ciudad. Yo conducía distraído mientras mi prometida, Valeria Méndez, hablaba emocionada sobre los preparativos de nuestra próxima boda.
No estaba prestando demasiada atención.
Mi mente estaba ocupada con reuniones, contratos y los planes de expansión de mi empresa.
Hasta que escuché su voz.
—Javier, detén el auto. Ahora mismo.
Reducí la velocidad y estacioné al costado del camino.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Valeria señaló hacia adelante.
—Mira bien. ¿No es esa tu exesposa?
Seguí la dirección de su dedo.
Y el mundo pareció detenerse.
Allí estaba.
Mariana Salazar.
La mujer que alguna vez había sido el amor de mi vida.
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