Valeria me indicó dónde trabajaba Daniel.
Un aserradero ubicado a media hora de distancia.
Cuando llegué, lo vi acomodando tablones de madera.
Era un hombre adulto.
Fuerte.
Trabajador.
Completamente desconocido para mí.
Y, al mismo tiempo, inconfundiblemente mi hijo.
Me acerqué.
—Sebastián.
Frunció el ceño.
—Se equivoca. Mi nombre es Daniel.
Intenté explicarle.
Le conté lo ocurrido.
Pero no recordaba nada.
Entonces recordé un detalle.
La gaseosa.
Corrí hasta una estación de servicio cercana.
Compré exactamente la misma bebida que él me había pedido veinte años atrás.
Cuando regresé, la coloqué en sus manos.
Leave a Comment