Un golpe en la ventana me sobresaltó.
Afuera había un hombre mayor.
Llevaba un abrigo gastado, botas viejas y una barba gris movida por el viento.
Parecía alguien que había pasado demasiados años sobreviviendo en los márgenes de la vida.
Bajé un poco la ventanilla.
—¿Se encuentra bien? —preguntó.
—No —respondí sinceramente.
Miró hacia la parte trasera del automóvil.
—¿Tiene rueda de repuesto?
Asentí.
—Abra el baúl.
Sin hacer más preguntas comenzó a trabajar.
Cambió el neumático con una rapidez sorprendente.
Cuando terminó, limpió sus manos con un trapo y me observó con una tristeza imposible de describir.
Entonces dijo algo que me dejó paralizada.
—Cuídese mucho, Isabel.
Mi sangre se congeló.
Jamás le había dicho mi nombre.
Leave a Comment