Valeria bajó la ventanilla.
—Vaya… Mariana Salazar. Qué pena verte así.
La frase parecía amable, pero el tono estaba cargado de desprecio.
Mariana ni siquiera la miró.
Sus ojos se dirigieron únicamente hacia mí.
No había odio.
No había rencor.
Solo una tristeza tan profunda que parecía haberse instalado en ella hacía mucho tiempo.
Los niños se movieron inquietos.
Ella acomodó cuidadosamente la tela que los protegía del viento.
Entonces Valeria sacó un billete de su cartera y lo dejó caer cerca de sus pies.
—Para comprar leche —dijo—. Considéralo una ayuda.
Mariana observó el dinero durante un instante.
Luego tomó su bolsa de reciclaje.
Se dio media vuelta.
Y siguió caminando sin decir una sola palabra.
Aquello removió algo dentro de mí.
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