Los gemelos tendrían alrededor de diez meses.
Dos niños rubios.
Y algo en ellos me resultó inquietantemente familiar.
La forma de sus ojos.
Sus expresiones.
La manera en que observaban el mundo.
No podía afirmar que fueran mis hijos.
Pero la semejanza era imposible de ignorar.
A sus pies había una bolsa llena de latas y botellas recicladas.
La escena me golpeó como una acusación silenciosa.
La última vez que había visto a Mariana fue dieciocho meses atrás.
El día en que destruí nuestro matrimonio.
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