Dieciocho meses antes, yo estaba convencido de que Mariana me había traicionado.
Existían transferencias bancarias sospechosas.
Fotografías donde aparecía reuniéndose con un competidor de mi empresa.
Incluso una antigua reliquia familiar apareció misteriosamente entre sus pertenencias.
Todas las pruebas parecían demostrar su culpabilidad.
Y quien había descubierto cada una de ellas había sido Valeria.
Yo le creí.
Mariana intentó explicarse.
—Javier, por favor, escúchame. Esto no es lo que parece.
Pero estaba cegado por la rabia.
No quería escuchar.
No quería dudar.
Solo quería respuestas.
Y terminé pidiendo el divorcio.
Aquella noche ella lloró, intentó decirme algo importante una y otra vez, pero jamás la dejé terminar.
Con el tiempo olvidé aquella escena.
Hasta que vi a los gemelos.
Y comprendí que quizás existía una verdad que nunca había querido escuchar.
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