Creyó que estaba ganando.
Esa fue su segunda equivocación.
Cuando él se durmió, Lucía esperó hasta las 2:15 de la mañana. Se levantó despacio, guardó ropa, documentos, una foto de sus padres y las joyas pequeñas de su mamá.
No se llevó regalos de aniversario.
No se llevó cartas.
No se llevó recuerdos de viajes.
Todo eso pertenecía a una mentira.
Antes de salir, escribió una nota breve y la dejó sobre el buró de Roberto:
“Gracias por enseñarme quién eres.”
Caminó hasta el patio. Las bugambilias se movían con el viento. Lucía tocó una pared y susurró:
—Perdón, mamá. Perdón, papá. Pero me voy viva.
Luego cerró la puerta.
Un taxi la esperaba en la esquina.
No miró atrás.
A la mañana siguiente, Roberto despertó buscando su cuerpo al otro lado de la cama.
No la encontró.
Primero leyó la nota y se burló. Pensó que era un berrinche, una escena dramática para llamar la atención.
Pero cuando abrió el clóset y vio los espacios vacíos, cuando corrió al estudio y encontró la caja fuerte sin documentos, cuando llamó a Lucía y el teléfono mandó directo a buzón, su burla se volvió grito.
Llamó a doña Carmen.
—¡Se fue! ¡Se llevó todo!
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