Su madre no preguntó si Lucía estaba bien.
No preguntó qué había pasado.
Solo gritó:
—¡Idiota! ¡Te dije que la hicieras firmar antes!
Roberto corrió a la inmobiliaria, amenazó, insultó y exigió explicaciones. Pero cuando le informaron que la casa ya estaba vendida legalmente por su única propietaria, se quedó mudo.
Luego fue al banco.
Intentó reclamar cuentas que no estaban a su nombre.
Quiso hacerse la víctima.
Dijo que Lucía estaba confundida, que necesitaba ayuda, que él era su esposo.
Pero legalmente no era nadie.
Y justo cuando pensó que nada podía empeorar, recibió una llamada del licenciado Herrera.
—Señor Roberto, en las próximas horas recibirá la demanda de divorcio. También le recomiendo no intentar contactar a mi clienta.
Roberto se quedó en silencio.
Por primera vez entendió que Lucía no había huido.
Lo había derrotado.
Pero todavía faltaba el golpe más fuerte.
El licenciado Herrera encontró una carpeta vieja entre documentos que habían pertenecido al padre de Lucía. Era un expediente con copias de mensajes, movimientos bancarios y la declaración de una antigua vecina de doña Carmen.
Cuando Lucía llegó a la oficina, el notario tenía el rostro serio.
—Hay algo que necesitas saber. Tu papá investigó a Roberto antes de morir.
Lucía sintió un golpe en el pecho.
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