Sus rodillas temblaban por el esfuerzo de cargar las bolsas, pero no se detenía. Había una urgencia en sus pasos. una determinación feroz. Finalmente, Nayeli se detuvo frente a la casa más precaria de toda la cuadra. Era una estructura pequeña casi hundida en el terreno. La puerta no era más que una plancha de metal abollada, asegurada con una cadena delgada. Una luz cálida, amarillenta y muy tenue se filtraba por las rendijas de la puerta. Héctor se ocultó detrás de un muro de bloques de concreto a escasos 10 m.
Su corazón latía con tanta fuerza que le dolía el pecho. La observó Nayel y dejó las bolsas en el suelo de tierra. Se quitó los guantes amarillos con prisa, metió una llave oxidada en el candado y empujó la pesada puerta de metal. La puerta crujió abriéndose lentamente. Héctor contuvo la respiración. Iba a salir de su escondite, iba a gritar su nombre. iba a sacar un cheque, iba a hacer lo que estuviera en su poder para sacarla de ese infierno.
De inmediato dio un paso al frente, abriendo la boca para hablar, pero entonces algo lo paralizó por completo. La luz cálida del interior de la casa bañó el rostro de Nayeli, revelando una sonrisa repentina, una sonrisa llena de un amor puro y desesperado que borró todo el cansancio de su rostro. Ya llegué, mi amor”, susurró Nayeli, con la voz quebrada pero dulce. Desde la oscuridad del interior de la casa precaria, unos pequeños pies descalzos corrieron hacia la puerta.
Héctor se congeló. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Un escalofrío de terror y asombro le recorrió la columna vertebral, clavándolo al suelo embarrado. En el umbral de la puerta, aferrándose a la pierna del pantalón de Nayeli, apareció un niño. Tenía unos 4 años. Llevaba una camiseta gris demasiado grande para su pequeño cuerpo delgado. Pero no fue la pobreza del niño lo que dejó a Héctor sin oxígeno en los pulmones. Fue su rostro. A la luz tenue de esa casa de lámina, Héctor vio sus propios ojos, vio su propia nariz, vio el mismo cabello negro y rebelde que él tenía en su juventud.
El niño tosió fuertemente, un sonido seco y enfermo que hizo eco en el silencio de la calle antes de levantar la vista hacia Nayeli. “¿Trajiste mi medicina, mami?”, preguntó el pequeño con una voz frágil y cansada. Héctor retrocedió un paso chocando bruscamente contra el muro de concreto. El impacto le sacó el aire. Se llevó una mano temblorosa a la boca, intentando ahogar el grito de puro terror y realización que amenazaba con desgarrarle la garganta. 5 años. La había abandonado hace 5 años exactos.
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